Además de la ignorancia del susodicho, ya que Guillem Soler jamás hizo cartas náuticas, sino portulanos, se apropia de un insigne ciudadano mallorquín perteneciente a la escuela de cartografía mallorquina. Guillem Soler escribía en mallorquín, había nacido y vivido en Mallorca y había tenido una hija que no se llamó Mercé ni Montse, sino Margarita.
La escuela de cartografía mallorquina comienza en el año 1339, fecha del primer portulano de Angelí Dolcet. En 1375 Abraham Cresques y en 1385 Guillem Soler hicieron lo propio. Hasta el siglo XVI, período de duración de la escuela cartográfica mallorquina, existen más de 400 portulanos catalogados. Esta escuela contó con cartógrafos mallorquines tan importantes como los nombrados y otros no menos importantes: Guillem Cantarelles, Juan y Gabriel de Vallseca, Jafuda Cresques (Jaume Ribes), Jacomé de Mallorca, Pere Rosell, Jaume Bertrand o Samuel Corcos.
Pero aquí no acaba este indignante expolio cultural, ni empieza: Abraham Cresques, mallorquín cartógrafo y brujulero hizo un mapa datado en 1375. Un mapa que le encargó el infante Juan antes de ser el Rey Juan I de Aragón y que regaló tontamente a su primo, el Rey Carlos VI de Francia cuando contaba con sólo 13 años de vida. Este famoso mapa se conoce como el «Atlas catalán», un mapamundi excepcional y único por ser el primero que incluye una rosa de los vientos y por ser de una belleza que todavía hoy no se ha superado.
Nadie se ha preguntado nunca por qué se le llama «Atlas catalán» y no «Atlas mallorquín», que sería lo más lógico teniendo en cuenta que el mapamundi se hizo en Mallorca, su autor era mallorquín y sus inscripciones están escritas en mallorquín antiguo. Investigando en libros de cartografía y buscando en lo más profundo de la red, sólo encuentro algún comentario de opinión que dice que se llamó atlas catalán porque sus inscripciones estaban escritas en catalán o porque, flipen, lo encargó un catalán –por lo visto, tampoco se salvan del expolio cultural los aragoneses–. Por este mismo disparatado criterio, el portulano del mallorquín Guillem Soler adquirido por Cataluña también se ha transformado en catalán.
Revisando estudios de historiadores de la UIB y otras universidades catalanas –excluyendo a los filólogos catalanes por ser marionetas de la mamandurria nacionalista y grupis de Lluis Llach «el plasta»–, se evidencia que su criterio sigue un objetivo común: poner en duda la existencia de la escuela de cartografía mallorquina, inventando argumentos insostenibles y concluyendo que todas estas cartas náuticas y cartógrafos mallorquines de la Edad Media tenían origen catalán y obedecen a un estilo «catalán». Así lo rebuzna, entre otros y otras, la erudita de copia y pega, María Baig i Aleu (2001, CEHIC de la Universidad Autónoma de Barcelona)
Estos fantoches tergiversadores e inventores de la historia son los mismos que defienden que Cristóbal Colón y Ramón Llull eran catalanes y que la Corona de Aragón era, en realidad, la Corona de Cataluña… y Aragón.
El concepto de «Escuela de Cartografía Mallorquina» fue introducido por el catedrático Julio Rey Pastor en 1960 (La cartografía mallorquina, CSIC) y aglutina a los cartógrafos mallorquines que transmitieron al mundo un estilo común de elaborar y adornar portulanos durante los siglos XIV al XVI. Su existencia es incuestionable, como incuestionable es su procedencia.
Sirva ésta como denuncia y ejemplo del continuo expolio que sufre nuestra cultura, lengua y patrimonio por parte de las huestes radicales catalanas y, lo más triste, también por muchos de nuestros sometidos y baldragas gobernantes.


