Ayer pudimos comprobar como las baterías de litio del Ineos Britannia de Copa América salían ardiendo tras zozobrar el barco en la Bahía de Palma durante sus entrenamientos. Este incidente nos sitúa frente a un problema del que nadie quiere hablar: la mezcla de agua salada y baterías de litio, inevitable en el mar, es una auténtica bomba de relojería. Esta afirmación no es nuestra sino del jefe de bomberos de Florida, Jimmy Patronis.
La corrosión originada por el agua salada es un enemigo mortal para las baterías de litio pues sus componentes se degradan y, cuando se pierde el aislamiento, comienzan los cortocircuitos y los consecuentes incendios que además son muy difíciles de sofocar pues la ignición puede repetirse varias veces después de sofocar las llamas. No es necesario precisar que el contacto con el agua salada no es fácil de evitar en un barco. Ayer lo pudimos comprobar en el caso del incidente del Ineos en el que un vuelco pudo poner en peligro el barco si la ignición de la batería se hubiera extendido al resto del T6 que utiliza para sus entrenamientos en Palma. No ha sido el primer caso tampoco. El barco con el que ‘Bubi’ Sansó afrontó en 2013 la vuelta al mundo en solitario y sin escalas Vendée Globe también sufrió un incendio originado por sus baterías de litio tras zozobrar en medio del Océano Atlántico.
La preocupación por este grave problema de seguridad quedó patente tras el paso del huracán Ian por las costas de Florida en octubre del año pasado. Jimmy Patronis escribió entonces una carta pidiendo asesoramiento a la National Highway Traffic Safety Administration, la entidad responsable de la seguridad en las carreteras estadounidenses, para saber cómo actuar en el caso de coches eléctricos afectados por agua salada. En concreto Patronis afirmaba en su carta que había contemplado con sus propios ojos como las llamas volvían a surgir una vez tras otra en el mismo coche eléctrico tras sofocarlas repetidamente, que volvió a incendiarse una vez más cuando ya había sido subido a la grúa para evacuarlo y que no se trataba de un caso aislado. Patronis escribía literalmente en su carta: “Estoy muy preocupado porque podríamos tener una bomba de relojería en nuestras manos”.
Patronis pedía también información para saber si las mascarillas antigás que utilizaban los bomberos eran efectivas contra los gases tóxicos que emanaban de estos incendios y sobre el tiempo necesario de contacto con el agua salada que era necesario para que las baterías de los vehículos eléctricos sufrieran una corrosión peligrosa. En aquella ocasión el problema surgió por el contacto del agua salada procedente del mar desbordado durante unas pocas horas con las baterías de litio de los coches eléctricos, situadas habitualmente en la parte más baja de los automóviles. Ese contacto con el agua salada es mucho más cercano y constante en el caso de las embarcaciones.
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