No hay que entristecerse ni deprimirse. Alegremente y plenos de satisfacción debemos saber dejarlo en lo mejor de la fiesta.

No hay que entristecerse ni deprimirse. Alegremente y plenos de satisfacción debemos saber dejarlo en lo mejor de la fiesta.

Hace dos semanas, Dimitris Fragakis, secretario general de Turismo en Grecia, dejaba su cargo, que había asumido en 2019. Lo hacía después de una trayectoria exitosa y sin ningún tipo de escándalo personal o político. Sus razones: “He conseguido, con mi equipo, mejorar las metas que nos habíamos fijado. Tenemos ahora una excelente base para continuar, y es la próxima generación la que debe hacerlo.”

Hace unos años escribí el artículo “Dinosaurios e Internet” donde hablaba sobre saber dejar una posición, sea cual fuera, en el momento justo, momento que debe ser el fruto de un análisis y convicción propios. Nuestra cultura nos hace, cuando llegamos a posiciones de cierta condición, querer mantenerla a toda costa, llevarla toda la vida mostrando el logro obtenido, la medalla colgada, y la mayoría de las veces, manteniendo los beneficios que pueden ser tan variados como un buen salario, chófer, plaza de aparcamiento privada o un asistente permanente. 

Se trata de algo muy común en asociaciones, empresas, y sobre todo, en el Gobierno. Hay personas que merecen ser distinguidas con ese trato especial, y muchas otras que son artífices de trepar la escala social, oficial o empresarial, los eternos salmones yendo a contracorriente. Estos últimos gastarán al cabo de sus vidas más energía protegiéndose para seguir en el cargo que la que utilicen en cumplir las funciones que les han sido asignadas.

Esto no es nuevo, ya se practicaba en Grecia y Roma, y hoy, con la calidad, velocidad y facilidad de acceder a las comunicaciones, y el cambio de mentalidad en el uso de ellas, el ritmo de la información es muchísimo más veloz, y su alcance mas amplio. Utilizar estos avances (o simplemente cambios) en provecho propio es fundamental para aquellos que quieren ensalzar su posición o dotarla de una importancia que a veces no se merece. Sólo hace falta ver las noticias y programas de discusión en TV o leer la prensa. Entre los denominados famosos del gran público, miembros del gobierno e influencers no es difícil sentir esa sensación de nausea intelectual alimentada por un semianalfabetismo, que se ha transformado en el lenguaje de “todos y todas”, y que no conviene mejorar.

Volvamos: algunos tuvimos la suerte de aprovechar la educación que se nos puso a tiro. Y no hablo de Deusto ni de Harvard, hablo de observar lo que vimos, de que cuando nos faltaba información preguntábamos y nos esforzábamos en encontrarla en los libros, del interés en saber cómo funcionaba la naturaleza, la sociedad, trabajar, ayudar al necesitado, todo ello mezclado con las emociones y ese generador de duda que es la ética.

Por suerte, de estos somos unos cuantos, nos gusta compartir nuestros intereses para beneficio del prójimo.  Formamos parte de asociaciones y grupos de interés, donde a veces llegamos a posiciones de prestigio, la mayoría de las veces por mérito propio. Hay veces que se llega como pago de favores, los menos.  Y un día, te encuentras descolocado. Has perdido algo de esa comodidad que te hacía grande en tu puesto. Sigues activo, participas en reuniones, propones estrategias, pero ya no es lo mismo. El mundo en que habías crecido desapareció, cada vez te es menos reconocible.

La generación siguiente empuja (como empujamos nosotros en nuestros comienzos) y se te respeta por lo que fuiste, no por lo que eres.  Entonces te das cuenta de que son unas cuantas esas asociaciones y grupos donde tanto hiciste, y que despacito van formando parte de tu historia. No hay que entristecerse ni deprimirse. Alegremente y plenos de satisfacción debemos saber dejarlo en lo mejor de la fiesta.


A Sabina Pons, que nos enseña el idioma del arte, y sabe leer el alma de las personas.. 

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