Los poderosos siempre han sabido que la imagen lo es todo: el pintor George Gower fue el elegido por Isabel para “llevarle la prensa”

Los poderosos siempre han sabido que la imagen lo es todo: el pintor George Gower fue el elegido por Isabel para “llevarle la prensa”

Eso que ahora llaman “marca personal” es más viejo que el hilo negro. Coge a cualquier faraón de la Cuarta Dinastía y ponle a dar una conferencia sobre comunicación en Silicon Valley y verás a los CEO más agresivos del mundo tomando apuntes. Los poderosos siempre han sabido que la imagen lo es todo y han invertido ingentes cantidades de energía y dinero en crear sus programas iconográficos. Mis favoritos son los pertenecientes a la monarquía de los Austrias, los Médicis, el papado (unos cracks) y una mujer, Isabel I de Inglaterra, que desde su subida al trono a los veinticinco años tuvo claro que, si quería sobrevivir en un reino dividido, amenazado por las potencias extranjeras y en bancarrota, tenía que crearse un personaje acorazado.

Durante su largo reinado (1558-1603), controló al milímetro sus innumerables apariciones públicas y los retratos que se distribuían entre las casas reales aliadas y sus propios cortesanos. El pintor George Gower fue el elegido por Isabel para “llevarle la prensa”, que es como llamamos los periodistas a las tareas de comunicación. Gower tenía a su cargo la inspección de cualquier efigie de la reina (cuadros, miniaturas, broches, camafeos), la decoración de las residencias reales y la elección y mantenimiento de los cortinajes y el mobiliario.

También fue Gower (o al menos eso se creyó hasta hace poco) quien pintó el llamado Armada portrait, en el que no se da puntada sin hilo. En él, Isabel I posa en un suntuoso salón cuyas ventanas nos permiten contemplar la contundente victoria de los ingleses sobre la Armada Invencible de Felipe II. Para más recochineo, el pintor enmarca ambas escenas con una suntuosa tela verde que recuerda a un telón y cuyo mensaje implícito podría ser “Vaya espectáculo os ofrecimos, ¿eh?”.

Las perlas que cuajan el vestido tampoco son casuales: hacen referencia al mar y a la virginidad de la reina. Isabel I había visto demasiadas ejecuciones por asuntos de cama como para arriesgarse a perderlo todo por una mala decisión sentimental. Tuvo amantes, pero jamás se casó y forjó con gran astucia el personaje de la madre coraje que sacrifica su vida personal por la corona y por sus súbditos: “Todos los ingleses son mis hijos”, decía. Fijaos también en la mano derecha de la reina, posada con calma y decisión sobre el globo terráqueo y, más concretamente, sobre lo que parece el continente americano, un mensaje directo a su enemigo Felipe II en el que afirma su intención de participar sin complejos en la carrera por el dominio de los mares y las colonias de ultramar, siempre con la inestimable colaboración de la piratería.

Quizás os llame la atención la falta de realismo, la perspectiva dislocada (ese sillón frailero al fondo) y tanta síntesis en el rostro, como caricaturizado. No en vano estamos a final del siglo XVI y el Renacimiento ha alcanzado todos los rincones de Europa. Pero a Isabel no le importan los avances técnicos, ella sabe que el retrato es una marca de poder que se ejercita a través de la memoria y necesita concisión. El espectador no debe recordarla solo a ella, sino lo que ella simboliza: la autoridad moral de una soberana que lo ha dado todo por su reino.

La miro y siento compasión por la mujer que fue. La niña aterrorizada que vio rodar la cabeza de su madre, la joven reina que advertía conspiraciones en cada esquina, la soberana calva por un ataque de viruela, siempre cubierta por una gruesa capa de maquillaje blanco (elaborado a base de plomo y que pudo provocarle la muerte) para ocultar las feroces marcas de la enfermedad en el rostro. La anciana sin hijos obsesionada por conservar su juventud, o al menos por impedir que en sus retratos se la pintara con arrugas, y por conservar el poder en los turbulentos tiempos heredados de su padre, el rey Enrique VIII. Siempre pendiente de su imagen, de su discurso, de todo. Pobre Isabel I, que no conoció al poeta persa Rumi, autor del verso más liberador que he leído en mi vida: “Pierde tu reputación”. Si quieres conocer la verdadera libertad, la que está más allá de la cancelación, el dolor y el miedo, solo hay un camino, tan exigente como caminar sobre brasas ardientes, perder la reputación.  Rumi, el anti CEO.

El magnífico retrato de María I, hermana mayor de Isabel y su predecesora, pintado por Antonio Moro, da idea de la perfección técnica que se había alcanzado en el siglo XVI, casi cuarenta años antes del retrato de Gower.

Derrota de la Armada Invencible (1796), cuadro del pintor inglés nacido en Francia Philippe de Loutherbourg. La victoria contra España fue uno de los momentos estelares de la vida de Isabel I.

Bette Davis es Isabel I en La vida privada de Elizabeth y Essex, drama romántico de 1939, dirigido por Michael Curtiz y coprotagonizado por Errol Flynn.

Los ocho minutos de Judi Dench interpretando a la reina Isabel I en la película Shakespeare in love, dirigida por John Madden, le valieron un Oscar en 1999.

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