Es muy probable que, si es usted un aficionado a la náutica y los algoritmos de las redes sociales y los buscadores le tienen identificado como tal, le hayan llegado por varios medios los resultados de un “exhaustivo estudio” de la Universidad de Barcelona y la Fundació Barcelona Capital Nàutica que atribuye a la Copa América de vela un impacto de 1.034 millones de euros. Ha leído bien: 1.034 millones de euros.
Usted, lector, tiene ahora que decidir si se lo cree o, como mínimo, lo pone en duda. Yo elijo lo segundo, en parte porque sé que los agregadores de noticias copiarán y pegarán el comunicado oficial, lo postearán en las redes sociales y contribuirán, de esta manera acrítica y tan alejada del verdadero periodismo, a que la empresa que explota la marca de la Copa América pueda salir a vender mañana su producto con un bien cebado dossier de prensa. Pero sobre todo elijo dudar, como le decía, porque el más elemental instinto para detectar hipérboles me indica que es absolutamente imposible que una competición de vela, deporte que amo pero que está muy lejos de contarse entre los más populares, pueda generar semejante cifra de negocio.
Más allá de mis meras impresiones, que desde luego han de ser menos respetables que un estudio de la Universidad de Barcelona –con independencia, incluso, de quien lo haya sufragado–, conviene no desdeñar la elocuencia de ciertos datos que fueron puestos de manifiesto hace unos meses por una investigación periodística del diario digital La Directa, un trabajo que merece ser traído a colación por el simple hecho de estar hecho contra la corriente imperante en la prensa catalana.
Según esta interesante investigación, el número de visitantes que las fuentes oficiales atribuyen a la Copa América se obtuvieron mediante un método acumulativo que no distingue entre espectadores reales y peatones ocasionales que transitaban por la zona del evento. En otras palabras, si usted pasaba varias veces por el mismo punto de conteo en un día cualquiera, se le registraba como un nuevo espectador en cada ocasión. Este procedimiento, que pretende hacer pasar por “visitante único” a cualquier transeúnte, multiplica artificialmente la cifra de asistentes y plantea una duda razonable sobre la magnitud real del interés público por la competición.
También se cita un dato que conviene no pasar por alto: las previsiones de impacto económico se construyen a partir de esos mismos números inflados de asistentes y de estimaciones de gasto medio diarias. La Directa señalaba en su artículo que, según el propio alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, no hubo un incremento significativo en la ocupación hotelera ni en la llegada de turistas respecto a cualquier otro año sin Copa América. Siendo así, la narrativa del milmillonario impacto económico carece de un asidero mínimamente creíble. O el alcalde manejaba datos erróneos en aquel momento o se le colaron en la ciudad 460.819 asistentes que, según el informe, se habrían desplazado a Barcelona con el único fin de presenciar la Copa América. Medio millón de personas es mucha gente para pasar desapercibida a la vista de las autoridades.
Por último, pero no menos relevante, está la cuestión de las audiencias. La organización asegura que la Copa América es uno de los eventos deportivos más seguidos del mundo, apoyándose en cifras de ediciones anteriores que hablan de cientos de millones de espectadores. Esta afirmación se descabalga de un plumazo al comprobar que esos números incluyen también menciones en informativos y resúmenes de noticias. De este modo, la audiencia real de la edición de Auckland en 2021 pasaría de 941 a 68 millones de espectadores. Una cifra respetable, sin duda, pero tan lejana de las proclamadas como seguramente lo están esos 1.034 millones de impacto económico que nos propone la Universidad de Barcelona.
De las razones por las que Grant Dalton no puede organizar la Copa América en su propio país, Nueva Zelanda, donde la vela sí es deporte nacional, podría hablarse largo y tendido, pero mejor las dejamos para otra ocasión. Seguramente son las mismas por las que Barcelona, contra toda lógica, ha decidido no organizar la siguiente edición de una regata que le reporta 1.034 millones de euros. Repito, y perdonen que insista, ¡1.034 millones!

