Una brizna de hierba o una ola que muere en la costa tienen derecho a ser pintadas con la misma unción que el rostro de un santo

Una brizna de hierba o una ola que muere en la costa tienen derecho a ser pintadas con la misma unción que el rostro de un santo

En los años noventa del siglo pasado, cuando aún albergaba la esperanza de aprender inglés, pasé un mes de agosto en Dublín. De lunes a viernes acudía a mis clases de English grammar y English conversation, pero los fines de semana aprovechaba para recorrer la costa en busca de las mejores playas irlandesas. En las fotografías que conservo aparezco de pie sobre la arena mojada, con pantalones vaqueros y gabardina y la expresión extrañada de quien acaba de aterrizar en otro planeta. Allí descubrí que no todos los veranos son mediterráneos, que también existen aquellos que se escriben con viento del norte, con cielos cambiantes y con mares que no se ofrecen, sino que se imponen. Y que son impresionantes. 
 

Los otros veranos están en este cuadro de William Holman Hunt (1827-1910) que exuda sensorialidad: la piel reacciona al calor de la luz dorada de la tarde y casi se puede oler la humedad del prado y el aroma de la tierra parda que pisotea el rebaño. 

Hunt fue uno de los tres componentes de la famosa Hermandad Prerrafaelista, que llegó a la conclusión de que el origen de todos los males del arte, de la rigidez de las academias y del insufrible aburrimiento del estilo oficial estaba en el pobre Rafael Sanzio (1483-1520). Las academias tenían, en el siglo XIX, el monopolio de la formación artística y la obra del renacentista Rafael encarnaba el estilo que allí se enseñaba, el que elevaba el arte al estatus de actividad intelectual y prestigiosa.

Los prerrafaelistas respondieron con un enorme bostezo a esta premisa y buscaron su inspiración en los llamados primitivos: Botticelli, Mantegna o Fra Angelico, hombres que trabajaron antes de que el arte se engolosinara con la idea de la fama y el reconocimiento, más artesanos que artistas, maestros sinceros que desconocían el amaneramiento.

La aventura del grupo no duró más que tres años, pero en esta obra de Hunt late aún el espíritu prerrafaelista. Cada especie vegetal, cada hoja y cada corola, cada peñasco y cada loma están reproducidos con el detallismo que solo posibilita la contemplación minuciosa de la naturaleza.  Nada de tópicos aprendidos en las aulas: hay que salir, mojarse, pintar de cara al viento, entrar en una comunicación tan íntima con el paisaje que este revele su mensaje secreto. Una brizna de hierba o una ola que muere en la costa tienen derecho a ser pintadas con la misma unción que el rostro de un santo o el brazo de un héroe. 

El arte, según ellos, o es espiritual o es parte de la maquinaria que esclaviza al hombre.  Aquí hay que recordar que la Hermandad se forma en 1848, el mismo año en el que Marx y Engels publican El manifiesto comunista y que Gran Bretaña es la primera potencia industrializada de Europa y la primera también en sentir las consecuencias negativas de la industrialización. Por ello Hunt, Millais y Rosetti se comprometen con una idea mística del arte, con una moral que entronque con la fe ingenua de los artesanos medievales. 

Hay una extraña religiosidad en los prerrafaelistas, como muestra el sobrenombre del cuadro, Oveja descarriada, que avisa al espectador de que no solo contempla un rebaño que se dispersa peligrosamente cerca del acantilado sin pastor que lo guíe, sino también a los seres humanos que se extravían lejos de la fe. 

Eso es lo que nos legaron los prerrafaelitas: la certeza de que lo extraordinario se esconde en lo inmediato, de que hay símbolos ocultos, de que el mar nunca es solo mar ni el verano una sola estación. Y que perderse, dispersarse, alienarse es tan, tan fácil. 

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