Hay fotografías que tienen el poder empujarnos a indagar en la búsqueda de respuestas sobre tiempos pasados. Una de ellas es esta del vapor Vulcano atracado en el puerto de Palma, con la catedral recortándose al fondo, y que aparece reproducida en la publicación Aquella ciudad de Palma (1954), de Jaime Escalas Real, sobre la transformación de la capital balear entre finales del siglo XIX y mediados del XX. El pie de foto no deja lugar a dudas sobre la importancia del buque: primer vapor con casco de hierro de la Armada española y, al mismo tiempo, último buque de guerra de palas que tuvo apostadero en el puerto de Palma. La imagen ilustra, además, un artículo del urbanista Gabriel Roca, director entonces de la Junta de Obras del Puerto y presidente de Fomento del Turismo, dedicado a la construcción del Dique del Oeste y la consiguiente transformación del puerto y la ciudad. Otro día hablaremos de esto, pero no nos desviemos.
El Vulcano fue, como se sospecha de inmediato al contemplarlo en la fotografía, un barco singular desde su mismo origen. Encargado en 1845 a los astilleros británicos Ditchburn & Mare, en el Támesis, fue botado ese mismo año y entregado a España en 1846. Se trataba de un vapor de ruedas laterales, de unos cincuenta metros de eslora, propulsado por una máquina oscilante Penn de 200 caballos nominales, capaz de alcanzar los nueve nudos. Pero su verdadera novedad no residía tanto en la propulsión -el vapor ya había hecho acto de presencia en la Armada- como en el material de su casco: hierro, cuando la mayor parte de los buques de guerra seguían siendo de madera.
Ese salto tecnológico explica, con toda probabilidad, la elección de su nombre. Vulcano, el dios romano del fuego y de la forja, patrón de los herreros y de la metalurgia, encarnaba como pocos la alianza entre el fuego de la máquina y el hierro del casco. La Armada española, aún muy dependiente de la vela, apostaba tímidamente por una modernidad que llegaba envuelta en humo, hierro y palas giratorias.
Durante más de cuatro décadas, el Vulcano prestó servicio en muy diversos cometidos. Patrulló costas, formó parte de divisiones navales en el Atlántico y el Mediterráneo, participó en la Guerra de África y fue modernizado en varias ocasiones para prolongar su vida operativa. Modesto en tamaño y armamento, pero extraordinariamente versátil, acabó convirtiéndose en una de esas unidades que sostienen silenciosamente el día a día de una marina en transición.
Su relación más estrecha con Mallorca y, en general, con Baleares llegó en la etapa final de su carrera. A partir de 1889, reconvertido en buque hidrográfico, el Vulcano tuvo a Palma como base operativa para los trabajos de la Comisión Hidrográfica de la Armada. Desde el puerto mallorquín partió en 1894 hacia Menorca para realizar levantamientos fundamentales: el plano del puerto de Mahón, cartas de Fornells y Ciudadela y, finalmente, la carta general de la isla. Tras meses de sondas y vistas costeras, regresó en varias ocasiones a Palma para completar cálculos, dibujos y relevos en el mando de la comisión. No combatía ya, pero seguía sirviendo al mar, esta vez haciéndolo más seguro.


