"Como parece inviable devolver las islas al medievo, los políticos nos presentan un futuro distópico en el que Mallorca aparece arrasada por los turistas y sus despiadados púberes".

«Como parece inviable devolver las islas al medievo, los políticos nos presentan un futuro distópico en el que Mallorca aparece arrasada por los turistas y sus despiadados púberes».

Ignoro si la sal de Mallorca es más o menos salada que otras pero está reconocida por muchos cocineros como una de las mejores del mundo. Persigue a los turistas desde que llegan hasta que se marchan: sal de Mallorca, sal de Mallorca, ¡sal de Mallorca!, y no lo pillan. Todo empezó en 1936, cuando el Gobierno francés y sus sindicatos de trabajadores acordaron dar dos semanas de vacaciones pagadas a los trabajadores. No fue hasta los años sesenta, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, cuando se generalizó esta medida en toda Europa. Estábamos a las puertas del «Boom» del turismo de masas.

En esos años «cualquiera» podía construir un hotel. No había que poner dinero, de ese vulgar asunto se encargaban los turoperadores, que pagaban la construcción de éstos a cambio de plazas garantizadas y un diez por ciento anual de la facturación, hasta la completa devolución del «préstamo». Después, las entidades financieras se apuntaron a la fiesta financiando los siguientes hoteles que se construyeron. Eran los manidos lease-back, un producto financiero similar al leasing, pero a la inversa. La operación consistía en que el propietario de un hotel, lo vendía a una agencia de leasing para suscribir a continuación un contrato de arrendamiento financiero sobre el mismo.

Fueron sólo algunos los que arriesgaron y triunfaron. Nuestros empresarios turísticos más exitosos empezaron pisando calle: captando turistas con el letrero de su fonda en ristre; transportando a los pocos turistas que venían en su propio autocar o camioneta; incluso dicen esas lenguas viperinas que alguno de ellos consiguió su primer hotel en una partida de póker. Son historias de todos conocidas y que forman o formarán parte destacada de sus biografías… o no.

El miedo a sufrir el ataque de algún tarado radical islamista ha hecho que las Islas Baleares sean un destino involuntario de cientos de miles de turistas, que volverán a sus destinos preferidos (Turquía, Egipto o Túnez) en cuanto la situación de estos países sea más pacífica. Esta situación coyuntural nos ha creado un problema temporal de masificación que hay que corregir con medidas temporales. No con medidas estructurales o drásticas. La saturación turística está delimitada en unas zonas muy concretas y durante un tiempo muy corto.

Hace ya lustros que en julio y agosto nuestras playas se llenan de molestos visitantes, tanto por tierra como por mar. Es lo que tiene vivir del turismo. En los años 80 algún orondo gruñón maldecía al no encontrar parquin en la playa, el problema era social: los pobres tenían coche. Siempre habrá gente insatisfecha y gente con actitud positiva, que se adaptará a los nuevos escenarios que se le presenten.

Nuestros políticos locales ven al turista de masas como un problema. Este enemigo torna aberración humana si, además, navega. Hay que tomar medidas drásticas para que no vengan a la isla a pisarnos las dunas de arena, o a posar sus devastadoras anclas en la posidonia, arrancando de cuajo nuestra apacible vida pueblerina.

Como parece inviable devolver las islas al medievo, los políticos nos presentan un futuro distópico en el que Mallorca aparece arrasada por los turistas y sus despiadados púberes. Al estilo de las fábulas del Daily Mirror – sección Punta Ballena. Para enfrentarnos a este aterrador futuro se están tomado medidas tan sensatas como consensuadas: infestar de boyas de pago nuestras playas y calas; prohibir el fondeo donde no sea económico plantarlas; crear impuestos a los turistas (véase hoteleros); quitar terrazas y sombrillas; demoler monumentos históricos; bloquear inversiones hoteleras de cualquier tipo; limitar la entrada de turistas de crucero y, sobre todas ellas, la más demoledora: acudir a las ferias turísticas para explicar, de buen rollo, que no vengan más turistas, que estamos llenos.

Por estas descojonantes medidas y por otras muchas patochadas, el jurado de la primera edición de los premios «Sal de Mallorca» ha concedido el tarro 2015 a nuestra jaula de grillos particular: los políticos locales.

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